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MALA SANGRE: ES PELIGROSA, PERO TIENE CURA

 

“No te hagas mala sangre”. Así aconsejó una señora sabia a un joven, cuando éste se quejaba del favoritismo y de la falta de atención en una oficina pública.

Como todos entendemos, ella quiso decir que no vale la pena enojarse y tal vez producirse una úlcera, por algo que no puede cambiar.

El término “mala sangre” tuvo su origen en una época del pasado cuando se suponía, por ignorancia, que el rencor y el mal genio corrían en la sangre. Pero la ciencia moderna confirma cada vez más lo acertado que es este concepto. Una serie de descubrimientos de los últimos 20 años establecen, sin lugar a duda, la relación estrecha entre las emociones y el cuerpo.

El enojo, por ejemplo, inicia una cadena de reacciones que involucra nervios, glándulas, sangre y músculos, alertando a todo el ser para defenderse, de alguna manera, contra un enemigo. El resentimiento que resulta de algo dicho o hecho afecta la glándula pituitaria en tal forma que echa al caudal sanguíneo algunos mensajeros químicos llamados hormonas. Estas hormonas, cuando llegan a la adrenales (cuestión de pocos segundos), hacen que estos produzcan otras sustancias, también hormonas, que alertan la mente, el sistema nervioso y los músculos, para actuar en su defensa.

Si el disgusto pasa en seguida, esas sustancias desaparecen de la sangre y todo vuelve a la normalidad. Pero en el caso de persistir la emoción negativa, aún en un grado mínimo, la sangre sigue llevándolas, y el cuerpo mantiene su estado de tensión. En la mayoría de las personas, la tensión que persiste puede ser negativa para el cuerpo tanto como para la personalidad, puesto que en ese estado, algunas otras funciones esenciales se paralizan o se aceleran, según el caso. Se estorba la digestión, se eleva la presión arterial, o se producen dolores en la espalda o la cabeza, o le quita el sueño. Con el tiempo la persona se queja de un malestar general, y se vuelve irritable y cortante con la gente. ¡Esta sí es mala sangre!

Es evidente que vale la pena evitar tales reacciones emocionales prolongadas, pero... ¿cómo? La Biblia está repleta de consejos que tocan el caso, por ejemplo: amar al otro y pensar en su punto de vista; confesar en seguida las faltas propias y perdonar las ajenas sin demora, etc... Pero se nos ocurren mil razones para no hacerlo; significaría un cambio total de actitud hacia la vida, que sin la intervención de Dios sería imposible.

Este es un ejemplo del por qué necesitamos la intervención de Dios en nuestra vida. Solos no podemos sanarnos, pero Él puede curarnos a fondo cambiando nuestro egoísmo en amor, nuestra tristeza en alegría, nuestro llanto en risa, nuestra derrota en victoria. Es un cambio tan importante, pero tan difícil, que Dios tuvo que enviar a su Hijo Jesús al mundo para morir en la cruz  para que todos los que le recibamos por la fe en nuestros corazones podamos disfrutar de una vida que vale la pena ser vivida.

¡Vivamos una vida al 100%!

 

Pastor Rubén Kassabián

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