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Soluciones, pero… ¿a cuál problema?

Estaban presentes 20 periodistas, las cámaras de tres canales de televisión, los micrófonos de cinco cadenas radiales y una multitud de más de 30.000 personas. Era una típica concentración política. Los oradores ofrecieron solución tras solución a los problemas de la sociedad. El aplauso del público indicaba que, por lo menos para la gente, los discursos eran bastante acertados.

Pero lo lamentable fue que nadie, ni el orador más popular, se atrevía a decir cuál era el problema fundamental para el que buscaban soluciones…

Hablaron de la falta de patriotismo, de la precaria situación económica, de la violencia y la desigual distribución de los bienes y de la injusticia que permitía enarbolar la bandera de la corrupción e impunidad.

Pero todos estos eran síntomas, nada más. No es extraño, entonces, que los mejores planes políticos generalmente fracasan. Un médico que no sabe cuál es la enfermedad actúa con desventaja en el tratamiento.

La prosperidad de un país y el bienestar de sus ciudadanos no depende tanto de la ideología del partido, ni de la forma del gobierno, sino del carácter de la gente.

Detrás de cada fracaso en la vida nacional están la avaricia y la corrupción, y detrás de cada triunfo está un cuerpo de personas honradas, disciplinadas y desinteresadas. Ningún sistema económico puede prosperar mientras la gente carece de respeto y amor por el prójimo y mientras todos buscan enriquecerse sin mayor esfuerzo. Ni los préstamos más liberales de la banca mundial, ni la técnica moderna, pueden reemplazar los valores morales y espirituales dentro de una sociedad.

El problema, entonces, radica en el corazón del ser humano, y la decadencia de la situación mundial de hoy se debe a la pérdida de los valores espirituales en el hogar, en el aula, en el mercado, en los tribunales, y en gran parte a un mensaje a veces desacertado de la religión.

Como acontece en muchos otros campos, aquí también la solución es evidente a través del análisis del problema. Durante la historia, en tiempos de crisis nacional, siempre ha figurado en forma notable la actitud del pueblo hacia Dios. Y en algunos casos conocidos, por medio de hombres que proclamando la verdad de Jesucristo generaron movimientos espirituales genuinos y profundos que salvaron  las instituciones y el orden de una nación. Una parte de la gente se apartó de su indiferencia y volvió a creer sinceramente en Dios.

Tal vez sean necesarios los discursos políticos y la actuación de los gobernantes, pero al final de cuentas, las soluciones dependen de situaciones más fundamentales: los valores morales de los ciudadanos. Sólo Dios puede cambiar el corazón de donde sale lo que contamina al ser humano.

Acercarse a Dios a través de poner su fe en Jesús es ganar. Ganar en paz. Ganar en armonía. Ganar en amor. Ganar en la vida.

¡Vivamos una vida al 100%!

 

Pastor Rubén Kassabián

 

 

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